Las dinastías del poder en Colombia de cara al 2018

Boletín. The New York Times

martes 20 de marzo/18

Por 

BOGOTÁ – Durante la campaña presidencial de 1974, tres candidatos se repartían las preferencias del electorado en Colombia: Alfonso López Michelsen, Álvaro Gómez Hurtado y María Eugenia Rojas. Junto a la ambición política, los aspirantes compartían otro rasgo: todos eran hijos de expresidentes.

Esta rara coincidencia, un claro síntoma del poder hereditario, fue criticada por la desaparecida revista Alternativa, que los caricaturizó en su portada bajo un título mordaz: “Los hijos de papá tras el trono”.

Enrique Santos suele reírse cuando recuerda la anécdota: “Fue una portada fantástica, muy divertida. Pusimos a los tres candidatos como niños con juguetes, vestidos a la usanza de la antigua corte francesa”.

Junto con Gabriel García Márquez y otros intelectuales de izquierda, Santos fundó Alternativa a principios de 1974 con la intención de combatir el discurso oficial que dominaba a la prensa. Pero el humor de aquella portada recordaba una realidad muy seria: la democracia colombiana funcionaba casi como una monarquía.

El propio Enrique Santos lo tuvo todo para ser un delfín, como se le conoce a quienes crecen cerca del poder y en algún momento lo heredan. Es sobrino nieto de un presidente, Eduardo Santos; es hermano del actual mandatario, Juan Manuel Santos, y además es primo de un exvicepresidente, Francisco Santos. Pero en vez de convertirse en otro aspirante al trono, Enrique Santos prefirió dedicarse al periodismo, que es el negocio principal de su familia desde hace más de un siglo.

“Nunca me gustó la política, pero sí me fascinó para analizarla”, dice. “Esto de los delfinazgos es un fenómeno deprimente, un poco desolador porque revela una dramática falta de renovación política”.

Junto a los Santos, entre los apellidos más recurrentes de la política colombiana destacan los Ospina, los Lleras, los Valencia, los Pastrana y unos cuantos más.

“Solo esos cinco apellidos suman diez presidentes, la mitad de los elegidos durante el siglo XX”, dice David Racero, un joven político de 31 años que resultó electo a la Cámara de Representantes en las recientes elecciones legislativas.

Racero es un activista de izquierda que llegó al Congreso en una coalición llamada la Lista de la Decencia y, junto con un equipo de investigación, reconstruyó varios árboles genealógicos en los que se ve con claridad la compleja maraña de relaciones filiales que domina el Estado colombiano: “Encontramos que en los últimos doscientos años hemos sido gobernados solo por cuarenta familias”.

Ahora, por primera vez, los candidatos con más chance están lejos de las familias que detentaron el poder durante más de un siglo.

Germán Vargas Lleras, nieto de presidente y exvicepresidente, no despega en las encuestas. Mientras Gustavo Petro, un exguerrillero y exalcalde de Bogotá, muestra mejores posibilidades de llegar al poder. Junto a Iván Duque, un delfín de una nueva especie, sin parentesco filial con Álvaro Uribe, pero elegido por él como candidato de su partido, el Centro Democrático. A ellos se suma Sergio Fajardo, un matemático independiente que fue alcalde de Medellín y gobernador de Antioquia.

Este panorama electoral parece marcar el comienzo de una nueva época, donde la élite dominante enfrenta dificultades para conservar su monopolio del poder. En el mes de mayo, Colombia acudirá a una elección presidencial atípica con distintas opciones que hablan de una apertura inédita.

pastrana

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