Leopoldo López: ‘Si me censuro, la dictadura me derrota’

Boletín: The New York Times

Por WIL S. HYLTON

Después de la publicación de este artículo, una comisión armada del Servicio Bolivariano de Inteligencia ingresó a la residencia de Leopoldo López en Caracas a primeras horas de la mañana del 1 de marzo, según denunció Lilian Tintori, esposa del líder político. La incursión fue repudiada como “ilegal, violatoria de derechos e intimidatoria”, por el Secretario General de la OEA, Luis Almagro.

A veces recuerdo una página de uno de los libros que están apilados en la casa de Leopoldo López. Es un texto que López relee a menudo; uno al que ha regresado muchas veces en los últimos años, garabateando nuevas ideas al margen, subrayando palabras y frases en tres colores de tinta y lápiz. Analizar ese fragmento es como contar los anillos del árbol de su vida política.

El libro no está ubicado para despertar este tipo de atención. De hecho, a casi nadie se le permite ingresar a la casa de López, quien siempre está vigilado por los servicios de seguridad venezolanos; pero también, a pesar de todas sus fallas y defectos, no es el tipo de persona que organiza su biblioteca para mostrarla. Prácticamente todos los libros de la casa están amontonados en el suelo de madera oscura: hilera tras hilera de tomos que se elevan en columnas y pueden sobrepasar los dos metros de altura, son torres irregulares que llegan a tambalearse precariamente. Cuando ves que los hijos de López pasan corriendo, sientes un estremecimiento.

El libro que recuerdo de manera particular es una colección de ensayos y discursos políticos. Fue compilado por el político mexicano Liébano Sáenz, con textos sobre el príncipe maya Nakuk Pech y la activista francesa Olympe de Gouges. El capítulo más significativo para López comienza en la página 211 con la “Carta a los clérigos de Alabama”. Es una versión mixta del texto que se conoce como la “Carta desde la cárcel de Birmingham” que fue escrita por Martin Luther King Jr. en 1963. King estaba en Birmingham para liderar las protestas no violentas que ahora son elogiadas por todo el mundo, pero es necesario recordar que en 1963 estaba atrapado en un infierno. No solo se trataba de los matones del FBI que pusieron micrófonos en su casa y su oficina o el ascenso del movimiento nacionalista negro que criticaba su piedad pacífica sino que, además, un grupo de sus propios aliados estaban dispuestos a hablar sobre los derechos civiles siempre y cuando eso no causara ningún escándalo. Un puñado de clérigos de Birmingham había emitido una declaración que desprestigiaba a King como un agitador externo cuyas marchas y desobediencia civil eran “técnicamente pacíficas”, pero aún así infringían la ley y era probable que “incitaran al odio y la violencia”.

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